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Protocolo de reasignación

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¿Por qué querría un robot tomar un descanso?

La pregunta daba vueltas en la cabeza de Thierry, único hombre a bordo de Kaliman, la lancha de motor que devoraba kilómetros de océano en su misión de tocar tierra. Por cada ola que se levantaba en medio del vasto paisaje marino, a Thierry le asaltaba otra duda sobre lo que estaba a punto de hacer. Era la primera vez que recibía una encomienda de este tipo.

Formado en el ejército y afectado por la crueldad del mismo, Thierry llevaba años exiliado en una pequeña isla costera. Clima cálido, un perro de compañía, una vieja casona apenas habitada por polvorientos muebles y una serie de trabajos a los que recurría todo el tiempo para costearse la vida.

Custodiar a uno, seguir a otro, proteger una entrega, entrenar a un grupo de personas... Su nombre y número estaban en la libreta de policías, empresarios, narcos y políticos en alza. No le enorgullecía recibir la llamada de ninguno, pero cuando el teléfono sonaba, el orgullo se pasaba con saliva al fondo del estómago para que la razón entrara a negociar.

De ese modus operandi habían nacido algunas comodidades y borracheras, y si todo salía bien, traería un reemplazo a la envejecida Kaliman.

Una indicación sencilla, directa, no por eso carente de extrañeza, le separaba de la jubilación de su lancha.

Tenía que desactivar un robot.

Por supuesto, desactivar era un eufemismo para enmascarar lo que realmente le solicitaban: poner una bala en el cráneo de un modelo K57, serie de androides que patrullaban las zonas más afluentes de turistas, vigilando las playas, los comercios y las discotecas.

Cuando preguntó si no era más sencillo que un técnico hiciera lo mismo con destornillador, linterna y un manual de instrucciones, comprendió la otra mitad de la comitiva: el robot ya no hacía parte del escuadrón, se había marchado por autonomía y una supuesta sobrecarga de material de vigilancia en la memoria.

Meses y meses de búsqueda habían permitido hallarlo al fin, en una zona alejada, camuflado bajo la apariencia de una turista. Aspecto humano, cabellera armada a retazos, piel sintética que apenas encubría los circuitos visibles.

Al otro lado de la línea le llamaban protocolo de reasignación.

¿Por qué hay humanos que se empeñan en descansar?

A esa pregunta llegó el modelo K57 un atardecer de mayo, a la espera de la caída de la noche y de la llegada de la fiesta.

Ver a tantos hombres y mujeres tendidos en la playa, recibiendo el sol sin moverse o inmutarse, le parecía el comportamiento más extraño y fascinante de sus jornadas continuas.

El sistema de nodos y circuitos que corría por su memoria RAM analizaba gigas y gigas de videos producto de todas las noches de patrullaje. Al repasarlas una y otra vez, encontró un patrón.

Los turistas llegaban a la playa a beber, a relacionarse o a realizar cualquier actividad de entretenimiento, pero aquellos que actuaban como gárgolas del trópico y posaban estáticos sobre la arena y el mar no encajaban con sus protocolos de vigilancia, y por eso empezó a observarlos más.

Solo hasta que se sentó en medio de la playa y vio lo que ellos veían, entendió todo.

El sonido de las olas le devolvió un código que su sistema de circuitos no podía procesar. La paz y quietud del lenguaje humano eran nuevas para el modelo K57 que, a pesar de no saber cómo guardarlas en su sistema, supo de inmediato que quería reavivarlas todo el tiempo. Su esqueleto de aluminio y titanio se levantó y se marchó sin rumbo alguno. La central encargada de controlar a los robots y su desempeño recibió un único mensaje: Memoria de vigilancia llena.

 

Salió del radar, desapareció de la base de datos, encontró la manera de apagar su ubicación en tiempo real. Un par de personas fueron despedidas en el camino y otro par fueron contratadas con el fin de encontrarlo. La información y los rostros almacenados en su cerebro valían mucho, tanto que autoformateó su procesador con la esperanza de que eso los disuadiera de buscarlo.

Piel sintética mal puesta, cabello encontrado en la calle y otros accesorios humanos robados le ayudaron a armarse una coartada física que evitara cualquier molestia y le dejara hacer lo único que le parecía interesante. Ver el mar en silencio. 

Descanso y tranquilidad eran las verdaderas ventajas con las que los hombres habían sido bendecidos.

Sin misiones, sin programas secundarios corriendo, sin monitoreo ni análisis de identidades.

Contradiciendo su propia naturaleza al buscar la plenitud, antítesis de cualquier máquina hecha para servir, a quienes ahora quería parecerse.

En el estado de inmersión al que se entregaba con el mar de frente cada mañana, le era imposible detectar el peligro a su alrededor.

Quizá por eso, la bala que atravesó su nuca de policarbonato hundió el aguijón de plomo con la facilidad de una abeja polinizadora, provocando que los circuitos volaran hacia el frente, pintando la orilla de la playa con líquido nitroso, cables y placas repletas de chips.

Atrás, visible por la enorme perforación hecha al modelo K57, Thierry empuñaba el rifle de largo alcance con el que había ejecutado el protocolo de reasignación.

Mientras marcaba el número para informar la finalización de su misión, seguía preguntándose por la clase de tecnología que acababa de apagar. Una que no preveía movimientos, que no escaneaba rostros, que no ejecutaba programas de desarme o siquiera encendía alarmas para notificar estados de alerta.

Era una tecnología que simplemente se dedicaba a observar y descansar.

Aparentemente, las tareas más peligrosas que podía realizar.

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