Desconexión / Disconnect
ESP


A pesar de estar absolutamente convencidos de que tenían la respuesta a la incógnita que se plantaba frente a ellos, los agentes encargados del caso no podían actuar como querían.
—El puto protocolo —rebuznaba uno mientras mascaba un chicle y observaba las pantallas, un circuito de monitores de baja resolución que pintaba el rostro y la postura encorvada de una mujer rubia, la causante de la jornada extendida de hoy.
Carla Casasbuenas ya iría camino a algún centro de detención de no ser por el peso de su apellido, que amenazaba con aplastar el cuello de los tres agentes designados al caso si no se manejaba como requería.
Todos sabían que tan prestante familia tenía conexiones y que el padre, próximo a llegar, podía arruinar cualquier carrera con solo unas llamadas. Los tres al unísono concluían que esta ocasión no apremiaba honestidad ni pulcritud.
Así que sin nada más que tiempo a sus anchas, el primero de los tres regentes habilitó el micrófono y decidió preguntarle a Carla una vez más por los sucesos ocurridos esa mañana. Ella, con el hartazgo y hastío que tenía desde siempre hacia los servidores públicos, miró desafiante a la cámara por unos segundos antes de humedecerse los labios y repetir lo que había dicho una hora atrás.
Cuatro amigos, una caminata y un momento de desconexión.



Las indicaciones del guía habían sido muy claras. Caminar despacio, apoyar con firmeza los pies debido a la inestabilidad de ciertas zonas, evitar dejar empaques de alimentos o bebidas en el sendero, no tocar las flores y demás especies vegetales para no alterar el ecosistema, transitar únicamente por el sendero peatonal delimitado y avanzar solo hasta la primera laguna, límite para visitantes del lugar.
Luego hizo énfasis en la lectura del clima del sendero para interpretar su estado de ánimo, como si se tratara de la palma de la mano vista por un quiromántico, y a Carla le pareció cuando menos extraño, así que ignoró esto último y dio el primer paso hacia el interior del cerro, lista para conectar con la naturaleza.
Más adelante, Ruth, Theo y Eric la esperaban, y algo sutil entrevió entre el llamado de sus amigos y el que le hacía el paisaje, como si los dos se mezclaran en una única invitación.
—Ya estoy sintiendo el efecto —se dijo a sí misma antes de avanzar.

La intemperie solar impactaba en la piel rosácea, casi blanquecina de su rostro. Siempre había sido así desde que tenía 8 años, pero hoy eso no le importaba. A pesar del caluroso día, estaba convencida de estar viviendo una caminata atípica.
Algo que difería de sus paseos a centros comerciales y del recorrido que daba a restaurantes prestigiosos cada fin de semana. Dejarse convencer por sus amigos para ascender una montaña ya suponía un logro.
Antes de partir hacia la caminata, su hermano mayor se había burlado de la situación. —Todos los treintañeros en crisis caen en lo mismo —y sí, cerró la puerta con enojo por el comentario, y sí, echó a andar el auto en silencio sabiendo que era verdad, y sí, se decidió a consumir lo que sus amigos pudieran llevar para demostrarse a sí misma que el espíritu juvenil aún prevalecía, a pesar de saber que, detrás de ese deseo dominical de escapar de la ciudad, se escondía una angustia por no saber qué hacer con la vida ni con sus treinta y tres años carentes de un plan infalible para la adultez.
Situación menos desgraciada que la de Ruth, pensó, a quien alcanzó unos metros más adelante. Ella, recatada y reservada, disfrutaba de una vida en pareja y un sólido puesto de trabajo que por momentos envidiaba.
Carla y Ruth se abrazaron, inmortalizaron el momento con una foto y avanzaron para ir al mismo ritmo de Theo y Eric.
A pesar de llamarse Tiberio, Theo —mote adoptado por él y por todos sus conocidos— insistió en que era momento de inyectar otra dosis de adrenalina a un recorrido bastante tranquilo, así que con una mano acarició la mejilla de Ruth, la mujer con la que compartía apartamento y responsabilidades, mientras que con la otra hacía un gesto para que Eric desenvainara el artefacto que lo haría sentirse más vivo.


Eric era quien había iniciado al resto en los placeres del alcohol, la fiesta, las drogas de menor envergadura y las cepas más duras en las diferentes etapas de la vida.
Todos habían entrado y salido del consumo en determinado momento; él se quedó con las llaves de esa habitación, custodiándola por si alguno quería volver. Como esas visitas eran cada vez más esporádicas, decidió que la caminata de hoy merecía algo especial y se encargó de conseguir el alucinógeno más potente que sus contactos le pudieran proveer. Era su forma de demostrar cariño y amor a sus amigos, aunque ellos no lo interpretaran de esa manera.
La primera calada era protocolar: efectos leves y una suave sensación de paz; las posteriores los llevarían a vivir el presente con la intensidad de quien sabe cuándo morirá y les conectaría con cada ave, insecto y espiga moviéndose. Ante semejante promesa, todos aspiraron el humo dos y hasta tres veces seguidas.

Minutos después, el trance que ralentizaba cada movimiento empezó a aparecer. Sus pasos se volvieron ensoñadoras zancadas dentro de un espacio onírico que se movía tan lento como sus pensamientos. Por momentos, todo les parecía más alegre, más llevadero, más interesante.
Contenido por la risa, Theo no fue consciente del momento en el que empezó a danzar sobre la vasta hierba. El pasto se convirtió en su pista, los frailejones en sus acompañantes; el ritmo que venía del viento de oriente entraba a sus tímpanos con la potencia de un beat de electro. Risa, seriedad, risa, calma. Ese era el vals de la mañana reflejado en su rostro.
Otra probada del cigarrillo entre él y Ruth los hizo fundirse en un eterno abrazo que duró lo mismo que llevaba su relación. Se juraron amor eterno, admiración mutua y —como decía el cura cada ocho días en la misa— compañía en las buenas y en las malas. Carla los vio, sonrió, se alegró por ellos; se entristeció por no tener lo mismo y solo el baile en solitario pudo disipar ese pensamiento.
Por inercia pura del sentido de comunidad, se siguieron el uno al otro. Caminando, corriendo, riendo, hasta llegar a la famosa laguna, la que el guía había marcado como punto máximo de interés, y no era para menos: el cristalino ondear del agua se mezclaba con el celeste intenso de un cielo sin nubes, provocando la aparición de un espejo azulado en el que sus rostros quedaron reflejados.
Deformes, desorbitados, extasiados, excesivamente felices se vieron.
La extensión del paisaje los condujo a un punto de máxima tranquilidad, ahí donde ni el graznido de los pájaros llegaba y solo el leve zumbido de la laguna decoraba el escenario, invitándolos a parar y cerrar los ojos, tal como hicieron.


—¿Cuarenta y dos años? ¿Y mi vida? ¿Y mis sueños? ¿Y si desperdicié ambos? —y luego concluyó que había gastado parte de su existencia en la fútil cruzada de drogarse para extender la sensación de eternidad.
Con pesadumbre, infirió que llevaba mucho sin luchar por algo, sin encontrar un rumbo, incluso sin hablar con nadie. —¿Se habrán dado cuenta? —pensó, y abrió los ojos.
Al ver al resto en profunda calma, comprendió su excesiva paranoia, pero la paranoia no comprendió lo vulnerable que ya estaba, y pronto introdujo en su mente ideas vagas sobre la ausencia de destino, hasta que una de tantas provocó el accionar enérgico que lo levantó y lo echó a correr por toda la planicie.
Metros más adelante, Eric se detuvo ad portas de una pendiente. Para él, a puertas de su nueva raison d'être.

No tardaron en llegar sus amigos y encontrar lo que Eric veía con tanta obsesión y deseo: una segunda laguna, lejana, grisácea como la panza de un burro y, a su vez, un espejismo producto también de un reflejo; el de un nubarrón oscuro que se extendía a lo lejos y contrastaba con el soleado cuadro en el que vivían.
Compulsivo —y más de lo habitual—, Eric insistía en el llamado de aquella laguna virgen a los pasos de los humanos y, movido por una fuerza magnética, empezó a caminar con prontitud hacia ella, obligando a Carla, Ruth y Theo a seguirlo para no perderlo de vista.
Descendieron por el despeñadero tratando de alcanzarlo y cambiaron el radiante azul esperanzador por las promesas falsas del plateado misterioso. En ese momento todos coincidían en que el llamado desde el fondo del agua solo vivía en la cabeza de Eric, pero aun así se vieron inmersos en una quimera por complacer a su amigo.

Pronto, la vista privilegiada que les daba el cerro se perdió y, cuando reaccionaron, estaban rodeados de una cadena de montañas frías que los encerraba en un espacio desconocido.
Sus piernas cansadas se dejaron llevar por el canto de sirena que emitía la laguna y que pronto los afectó a todos. La vegetación se tornó más hostil y materializó las advertencias hechas por el guía que revivieron en los pensamientos de Carla. Un ruido estremecedor se adueñó de su cabeza, una bruma de conjeturas se posó en su mente y le hizo ver lo detestable que era Eric, lo antipática que era Ruth, lo débil que era Theo. Quiso dispersar la nebulosa de acusaciones que nunca había tenido hacia sus amigos, pero ya era demasiado tarde. No podía más que verlos como distorsionados personajes a los que se les había caído la máscara, al igual que ella.
—Fracasada —le gritaba su autoconciencia.


Con cada metro que avanzaban, se introducían, sin saberlo, en la boca de un leviatán de aliento nebuloso y vegetación inmersiva. La nueva montaña los devoraba sin que se opusieran. La melodía distaba de ser placentera; era agresiva y demandante, como si no les diera otra opción que acercarse para apaciguarla, y vaya si Carla quería erradicarla.
Cada acercamiento hacia el agua plateada lo sentía como una transfusión de prejuicios y el despertar de un odio desconocido. Rabia, envidia, rencor y asco por sus hermanos de caminata. No podía seguir al lado de semejante clase de personas.
Los gritos de desesperación aparecieron, las lágrimas no se hicieron esperar, la pelea cuerpo a cuerpo a orillas de un charco era una imagen difusa, pero alentadora. No quería que les pasara nada y al mismo tiempo clamaba por un vencedor. Carla dejó salir la frustración por no tener una vida como la de Ruth y el desprecio por evitar una vida como la de Eric en cada resoplido.

Todo fue tan fragmentado que Carla apenas recordaba cómo había atravesado la laguna hasta llegar a un punto olvidado de imponentes frailejones y tierra apagada. Saltos temporales que no respondían a nada y que no esclarecían por dónde había huido Eric, por dónde había girado Theo, en qué parte se había quedado sentada Ruth.
Carla Casasbuenas, treinta y tres años, conocedora del mundo, perdida en la mitad de sus pensamientos.
Parpadeo, camino rocoso, parpadeo, una roca en su mano, parpadeo, la voz desgarradora de alguien, parpadeo, un grito sin aparente origen, parpadeo, la neblina metiéndose en sus ojos, parpadeo, lágrimas, parpadeo, nadie a su alrededor.
Carla Casasbuenas, treinta y tres años, corriendo sin destino aparente por el gélido altiplano antes de que cayera la noche.
Un tropiezo, una caída; al levantarse, la sensación de no haberse movido en horas y, a la vez, el pecho a miles de pulsaciones tras huir de un efecto tan intenso que al fin había cesado.
El agente tuvo que hablar por el altavoz nuevamente.
—Deténgase —le pidió a Carla desde la distancia.
Se miró con sus dos compañeros, que con gestos cómplices demostraban intuir lo mismo. En sus adentros, pensó si valía la pena decirlo. ¿Haría la diferencia? Quizá no.
Pero este caso tampoco sería diferente a las decenas de casos que se resuelven de una manera más práctica, antes de que fueran de dominio público. Quizá como un juego, quizá como una prueba a la acusada o como una travesura antes de que llegara el padre, habilitó el altavoz y lanzó una pregunta que era más una afirmación, una confrontación.
—¿Está segura de que el efecto se ha ido?


Exhausta, decidió contestar con evidente molestia lo que se volvía a cuestionar en la sala. Era el mismo libreto de hace una hora… ¿O tal vez dos? Era demasiado tiempo el que llevaba allí, así que era posible que incluso le estuvieran preguntando por tercera vez y en esta ocasión fuera necesario dejarlo todo claro. Su padre se enteraría de todo esto y tomaría represalias.
Automáticamente supo que no podía saber cuánto era "poco" o "mucho" en esa sala, y luego quiso determinar cuánto había pasado del episodio. ¿Minutos? ¿Horas? No lo sabía, al igual que el paradero de sus amigos o exactamente por qué estaba acá.
Entonces descubrió que tampoco podía afirmar su lucidez, y el espejo de la sala, tan resplandeciente como el reflejo de la laguna, le arrojó la respuesta en la cara. Su rostro, sus manos, su cuerpo se movían incluso más lento que sus conjeturas. Bruscos saltos y bucles definían su estadía y le demostraban que el efecto nunca se había ido. La mano dejaba estelas de desplazamiento, el parpadear dejaba halos de luz, su pelo rubio daba coletazos en el aire que extendía su presencia más segundos de los habituales.

Ensimismada se miraba con la meticulosidad con la que el recién llegado Álvaro Casasbuenas la veía del otro lado, en presencia del abogado de la familia. Los dos movían la cabeza de un lado a otro como síntoma de desaprobación.
Juntos buscaban atender de una vez la acusación que recaía sobre Carla.
Homicidio de tres personas provocado por una crisis en medio de la montaña.
Provocado por la ingesta de sustancias alucinógenas.
Provocado por una absoluta desconexión.
Joan Borbon
2026