Desconexión


A pesar de estar absolutamente convencidos de que tenían la respuesta a la incógnita que se plantaba frente a ellos, los agentes encargados del caso no podían actuar como querían.
Carla Casasbuenas ya iría camino a algún centro de detención de no ser por el peso de su apellido, que amenazaba con aplastar el cuello de los tres agentes designados al caso si no se manejaba como requería.
Todos sabían que tan prestante familia tenía conexiones y que el padre, próximo a llegar, podía arruinar cualquier carrera con solo unas llamadas. Los tres al unísono concluían que esta ocasión no apremiaba honestidad ni pulcritud.
Así que sin nada más que tiempo a sus anchas, el primero de los tres regentes habilitó el micrófono y decidió preguntarle a Carla una vez más por los sucesos ocurridos esa mañana. Ella, con hartazgo, miró desafiante a la cámara por unos segundos antes de humedecerse los labios y repetir lo que había dicho una hora atrás.
Cuatro amigos, una caminata y un momento de desconexión.
Las indicaciones del guía habían sido muy claras. Caminar despacio, apoyar con firmeza los pies debido a la inestabilidad de ciertas zonas, no tocar las flores y demás especies vegetales para no alterar el ecosistema y avanzar solo hasta la primera laguna, límite para visitantes del lugar.
Luego hizo énfasis en la lectura del clima del sendero para interpretar su estado de ánimo, como si se tratara de la palma de la mano vista por un quiromántico, y a Carla le pareció cuando menos extraño, así que ignoró esto último y dio el primer paso hacia el interior del cerro, lista para conectar con la naturaleza.
Más adelante, Ruth, Theo y Eric la esperaban, y algo sutil entrevió entre el llamado de sus amigos y el que le hacía el paisaje, como si los dos se mezclaran en una única invitación.
—Ya estoy sintiendo el efecto —se dijo a sí misma antes de avanzar.
Carla y Ruth se abrazaron, inmortalizaron el momento con una foto y avanzaron para ir al mismo ritmo de Theo y Eric, este último era quien había iniciado al resto en los placeres del alcohol, la fiesta, las drogas de menor envergadura y las cepas más duras en las diferentes etapas de la vida.



Todos habían entrado y salido del consumo en determinado momento; él se quedó con las llaves de esa habitación, custodiándola por si alguno quería volver. Como esas visitas eran cada vez más esporádicas, decidió que la caminata de hoy merecía algo especial y se encargó de conseguir el alucinógeno más potente que sus contactos le pudieran proveer.
Era su forma de demostrar cariño y amor a sus amigos, aunque ellos no lo interpretaran de esa manera.
La primera calada era protocolar: efectos leves y una suave sensación de paz; las posteriores los llevarían a vivir el presente con la intensidad de quién sabe cuándo morirá y les conectaría con cada ave, insecto y espiga moviéndose.
Ante semejante promesa, todos aspiraron el humo dos y hasta tres veces seguidas.
Minutos después, el trance que ralentizaba cada movimiento empezó a aparecer. Sus pasos se volvieron ensoñadoras zancadas dentro de un espacio onírico que se movía tan lento como sus pensamientos. Por momentos, todo les parecía más alegre, más llevadero, más interesante.
Deformes, desorbitados, extasiados, excesivamente felices se vieron.
La extensión del paisaje los condujo a un punto de máxima tranquilidad, ahí donde ni el graznido de los pájaros llegaba y solo el leve zumbido de la laguna decoraba el escenario, invitándolos a parar y cerrar los ojos, tal como hicieron.
Y allí la paranoia no comprendió lo vulnerable que estaban, introduciendo en la mente de todos ideas vagas sobre la ausencia de destino, hasta que una de tantas provocó el accionar enérgico de Eric, que lo levantó y lo echó a correr por toda la planicie.
Metros más adelante, se detuvo ad portas de una pendiente.
Para él, a puertas de su nueva raison d'être.
Compulsivo —y más de lo habitual—, Eric insistía en el llamado de una laguna virgen a los pasos de los humanos y, movido por una fuerza magnética, empezó a caminar con prontitud hacia ella, obligando a Carla, Ruth y Theo a seguirlo para no perderlo de vista.
Descendieron por el despeñadero tratando de alcanzarlo y cambiaron el radiante azul esperanzador por las promesas falsas del plateado misterioso.
Pronto, la vista privilegiada que les daba el cerro se perdió y, cuando reaccionaron, estaban rodeados de una cadena de montañas frías que los encerraba en un espacio desconocido.
Sus piernas cansadas se dejaron llevar por el canto de sirena que emitía la laguna. La vegetación se tornó más hostil y materializó las advertencias hechas por el guía que revivieron en los pensamientos de Carla.
Un ruido estremecedor se adueñó de su cabeza, una bruma de conjeturas se posó en su mente y le hizo ver lo detestable que era Eric, lo antipática que era Ruth, lo débil que era Theo. Quiso dispersar la nebulosa de acusaciones que nunca había tenido hacia sus amigos, pero ya era demasiado tarde. No podía más que verlos como distorsionados personajes a los que se les había caído la máscara.


Con cada metro que avanzaban, se introducían, sin saberlo, en la boca de un leviatán de aliento nebuloso y vegetación inmersiva. Rabia, envidia, rencor y asco aparecían entre hermanos de caminata.
Llegaron los gritos de desesperación, las lágrimas, la pelea cuerpo a cuerpo. Todo fue tan fragmentado que Carla apenas recordaba cómo había atravesado la laguna hasta llegar a un punto olvidado de imponentes frailejones y tierra apagada. Saltos temporales que no respondían a nada y que no esclarecían por dónde había huido Eric, por dónde había girado Theo, en qué parte se había quedado sentada Ruth.
Carla Casasbuenas, treinta y tres años, conocedora del mundo, aunque perdida en la mitad de sus pensamientos.
Parpadeo, camino rocoso, parpadeo, una roca en su mano, parpadeo, la voz desgarradora de alguien, parpadeo, un grito sin aparente origen, parpadeo, la neblina metiéndose en sus ojos, parpadeo, lágrimas, parpadeo, nadie a su alrededor.
Carla Casasbuenas, treinta y tres años, corriendo sin destino aparente por el gélido altiplano antes de que cayera la noche.
Un tropiezo, una caída; al levantarse, la sensación de no haberse movido en horas y, a la vez, el pecho a miles de pulsaciones tras huir de un efecto tan intenso que al fin había cesado.
El agente tuvo que hablar por el altavoz nuevamente.
Se miró con sus dos compañeros, que con gestos cómplices demostraban intuir lo mismo. Quizá como un juego, quizá como una prueba a la acusada o como una travesura antes de que llegara el padre, lanzó una pregunta que era más una afirmación, una confrontación.
—¿Está segura de que el efecto se ha ido?
Exhausta, decidió contestar con evidente molestia lo que se volvía a cuestionar en la sala. Era el mismo libreto de hace una hora… ¿O tal vez dos? Demasiado tiempo el que llevaba allí, así que era posible que incluso le estuvieran preguntando por tercera vez y en esta ocasión fuera necesario dejarlo todo claro.

Automáticamente supo que no podía saber cuánto era "poco" o "mucho" en esa sala, y luego quiso determinar cuánto había pasado del episodio. ¿Minutos? ¿Horas? No lo sabía, al igual que el paradero de sus amigos o el por qué estaba acá.
Entonces descubrió que tampoco podía afirmar su lucidez, y el espejo de la sala, tan resplandeciente como el reflejo de la laguna, le arrojó la respuesta en la cara. Su rostro, sus manos, su cuerpo se movían incluso más lento que sus conjeturas. Bruscos saltos y bucles definían su estadía y le demostraban que el efecto nunca se había ido. La mano dejaba estelas de desplazamiento, el parpadear dejaba halos de luz, su pelo rubio daba coletazos en el aire que extendía su presencia más segundos de los habituales.
Álvaro Casasbuenas la veía del otro lado, en presencia del abogado de la familia. Los dos movían la cabeza como síntoma de desaprobación.
Juntos buscaban atender de una vez la acusación que recaía sobre Carla.
Homicidio de tres personas provocado por una crisis en medio de la montaña.
Provocado por la ingesta de sustancias alucinógenas.
Provocado por una absoluta desconexión.